martes, 10 de septiembre de 2013

Bodas reales. Benito Pérez Galdós


             Con estas Bodas reales, en las que vemos pasar por el altar a una jovencísima Isabel II,  el autor canario da por finalizada la tercera serie de sus Episodios nacionales.  Leer a Galdós al igual que ver las pelis de Woody Allen o escuchar los discos del  recientemente fallecido J. J. Cale es terreno siempre firme y seguro. Sabes más o menos lo que te vas a encontrar, algo que siempre se encuentra entre lo bueno y lo muy bueno. Una forma eficaz de aprovechar el tiempo de disfrute.
           Pero terminada la anterior digresión, comentar y resumir de forma rápida  que en este episodio nos vamos a dar una vuelta por la primera mitad de la década de los cuarenta del siglo XIX. Vamos a conocer en la parte histórica del relato las vicisitudes de una España que se encuentra, titubeante  en sus primeros años modernizadores con una incipiente y primeriza especie de democracia (llamarlo así, además de inexacto da grima). Unos años, estos, bien representativos del siglo XIX y también de parte del XX con sus sublevaciones militares y sus dos Españas (ya las había ya), y con el telón de fondo de los cambalaches diplomáticos llevados a cabo con objeto de encontrar un marido a la reina. Isabel II a sus trece o catorce años no necesita un novio, si no un marido; se trata de toda una cuestión de estado, y cada cual se posiciona según sus ideas. Unos prefieren un extranjero, otros un nacional. Los hay que buscan el matiz ideológico y hasta alguno se atreve a hablar de amor. Para gustos los colores.
       En el plano de ficción, y paralelamente a los líos de palacio, seguimos las desventuras de la familia Carrasco, esos manchegos trasplantados a Madrid y a los que conocimos en  anteriores episodios. La matriarca sigue aquejada de morriña, sufre, como solo sufre una madre,  para que su parentela abandone este Madrid que no le gusta nada y vuelva a su Mancha natal. Curiosamente entre los asuntos familiares más urgentes se encuentra igualmente el asunto matrimonial. Ya es hora de que las dos hijas mayores asienten la cabeza y encuentren un buen partido. El asunto no está resultando tan fácil como debiera y como consecuencia va a traer a los cabezas de familia dolores de cabeza, agudos, a los que añadir a su dificultosa integración en Madrid.  
En definitiva, otro "episodio" más y van....

miércoles, 24 de julio de 2013

Cristobal Colón. Felipe Fernández Armesto



         Aunque desde luego la aventura descubridora de Colón resulta realmente atractiva, seguramente la verdadera razón de que me haya leído este libro no se deba tanto a la epopeya marinera del genovés como que el autor de este libro lleva el nombre de Felipe Fernández Armesto, historiador que me sorprendió tremendamente en el libro Civilizaciones leído por mi persona hace un par de meses y del que por supuesto dejé la correspondiente entrada en este blog. Todo lo que había y me gustó en el anterior libro se ha vuelto a encontrar en esta biografía de Colón en la que aparecen de nuevo las mismas virtudes escritoras e historiadoras del británico de nombre español: Rigurosidad, claridad, amenidad y originalidad por decir cuatro, exactamente cuatro. Desde luego su personal estilo me hace afirmar hoy, día del señor, exactamente 22 de julio de 2013, que es mi historiador favorito.

 

       Vayamos con el libro.  El personaje de Colón y su aventura atlántica es verdaderamente impresionante. Una obviedad decir esto, y cuando uno imagina preparar una expedición basada en unos mapas de chiste, con unos medios técnicos primitivos y unas maneras de orientarse de cuenta de la vieja no queda si no alucinar de que alguien se embarcara en aquellas carabelas. El descubridor queda muy bien retratado por el historiador británico, como una persona con una fuerza vital impresionante, capaz de sobreponerse a cualquier adversidad marinera y administrativa y al que le movía, una de las cosas que sin duda han hecho mover al mundo: La ambición. Si, y termino esta entrada, me da por reflexionar que aunque la ambición sea uno de los motores del la vida lo cierto es que no acabo de tener  muy claro, ni siquiera en el caso de Colón, de oficio descubridor, si el mucho ambicionar nos hace mejores o más felices. Quiero decir que no sabemos si es más sabio conocer mucho o vivir en pequeño.

 

Y el libro muy bien, recomendable.